H. G. Wells: “History is a race between education and catastrophe”.
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jueves, 12 de julio de 2012
miércoles, 2 de mayo de 2012
Después de la batalla

El botín y las provisiones tomadas en la batalla permitieron proseguir la campaña. En un mismo día los cristianos tomaron los castillos de Vilches, Ferral, Baños y Tolosa, dejando guarniciones para utilizarlos como bases de los ataques a Andalucía. Al día siguiente arrasaron las murallas de Baeza, que encontraron abandonada a su suerte. Desde allí los cristianos sitiaron Úbeda durante tres días; finalmente cedió y todos sus habitantes fueron hechos prisioneros. La ciudad era difícil de retener, por lo que se decidió arrasarla como a Baeza. A pesar de los triunfos, la peste y la rapiña se extendieron entre los miembros del ejército cristiano, que debió retirarse a Toledo.
Todos los reinos peninsulares se beneficiaron de la campaña de las Navas, pero sobre todos Castilla fue la gran triunfadora. La frontera castellano-andalusí se restableció en la línea de Sierra Morena, e incluso avanzó con la ocupación de fortalezas al sur de la cordillera. Por otra parte, la batalla de las Navas supuso la primera gran derrota de los almohades en lucha campal; sus repercusiones ideológicas fueron bien aprovechadas por los castellanos. El desastre bélico no fue más que el comienzo de la descomposición almohade.
Vicente Ángel ÁLVAREZ PALENZUELA (coord.), Historia de España de la Edad Media, Ariel, Barcelona, 2002.
viernes, 13 de abril de 2012
Sancho de Navarra en las Navas de Tolosa
Alfonso de Castilla, viéndose perdido, pidió socorro a los príncipes cristianos de Europa, y el papa Inocencio III publicó una cruzada que predicó el arzobispo de Toledo. Contestaron a ella la Francia, la Italia y la Alemania, y el numeroso y variado ejército acampó en Toledo: dirigiéndose luego contra los moros, dieron con ellos en Sierra Morena, en el sitio llamado de la Navas de Tolosa, y allí el 16 de julio de 1212 se dio la sangrienta batalla que hizo perder a los moros la esperanza de sojuzgar a España.
Antes de la batalla se ha dicho por algunos historiadores que el navarro se alió con los moros para casarse con una hija del Miramamolín, de quien estaba perdidamente enamorado. Esto, como se ve, es ganas de adulterar la historia por darle un colorido romancesco que tan mal la sienta, y en la invención de tan absurdas patrañas se ve el deseo de rebajar y deprimir la grandeza de alma y el esfuerzo de ánimo, juntamente con la ardiente fe del último vástago de la casa de Navarra, que tan brillantes páginas ha legado a nuestra historia.
Antes de la batalla se ha dicho por algunos historiadores que el navarro se alió con los moros para casarse con una hija del Miramamolín, de quien estaba perdidamente enamorado. Esto, como se ve, es ganas de adulterar la historia por darle un colorido romancesco que tan mal la sienta, y en la invención de tan absurdas patrañas se ve el deseo de rebajar y deprimir la grandeza de alma y el esfuerzo de ánimo, juntamente con la ardiente fe del último vástago de la casa de Navarra, que tan brillantes páginas ha legado a nuestra historia.
En las Navas de Tolosa fue donde el rey don Sancho penetró en la tienda del Miramamolín Mahomad, cercada de hierro y defendida por una guardia escogida, de cuya hazaña tomó el blasón que hoy ostenta Navarra, consistente en unas cadenas, recuerdo de las que cercaban la tienda del Miramamolín, y una esmeralda en el centro, por alusión al sobrenombre de Verde con que era conocido por los moros.
Julio NOMBELA, Crónica de la provincia de Navarra, Editores Rubio, Grilo y Vitturi, Madrid, 1868.
jueves, 12 de abril de 2012
La intervención divina

Los cronistas relacionan el cambio que tomó la batalla con la intervención divina a favor de los cristianos. Según la versión de la Crónica de los reyes de Castilla, tan intervención se efectuó por intermedio de Alfonso VIII, rey de Castilla, a quien le fue enviado un pastor que le indicó el camino acertado. El arzobispo Rodrigo Jiménez atribuye el milagro operado en el desenlace de la batalla a favor de los cristianos a haber llevado el arzobispo de Toledo la cruz verdadera de Dios a las filas, y a que los canónigos de la iglesia de Toledo blandieran las imágenes de Santa María sobre el enemigo.
Ron BARKAI, El enemigo en el espejo. Cristianos y musulmanes en la España medieval, Rialp, Madrid, 2007.
lunes, 9 de abril de 2012
Es preciso vivir y vencer
Los moros, sin orden alguno, siguiendo su antiguo uso, desplegaron por todas partes sus innumerables soldados. Cien mil hombres de una caballería excelente formaban lo principal de sus fuerzas: lo demás era un montón de soldados de infantería, mal armados y poco aguerridos. Mahomad, puesto sobre un collado, desde donde dominaba a todo su ejército, estaba rodeado de una palizada hecha con cadenas de hierro y defendida por sus caballeros más escogidos. De pie, en medio de este recinto, con el Alcorán en una mano y la espada en la otra, servía de espectáculo a todas sus tropas, y sus más bravos escuadrones rodeaban el collado por todas partes.

Los castellanos dirigieron a esta altura sus primeros esfuerzos: rompieron al punto a los moros; pero ellos, acometidos sucesivamente, volvían hacia atrás desordenados y principiaban a retirarse. Alfonso, corriendo a todas partes para reunir las tropas, decía al arzobispo de Toledo: "Arzobispo, he aquí donde es preciso morir". "No, señor -respondió el prelado-, he aquí donde es preciso vivir y vencer." En este tiempo el valiente canónigo que llevaba la cruz se precipita con ella en medio de los musulmanes; el arzobispo y el rey le siguen y a ellos los castellanos, para salvar a su príncipe y a su estandarte. Los reyes de Aragón y Navarra, vencedores ya de sus costados, vienen a reunirse contra el collado. Los moros son atacados por todas partes, resisten, y los cristianos los oprimen. Los aragoneses, navarros y castellanos quieren obscurecerse unos a otros. El valiente rey de Navarra se abre paso, llega al recinto, pega y quebranta las cadenas de hierro con que el rey estaba rodeado. Huye entonces Mahomad. Sus soldados no vuelven a verle; pierden el ánimo y la esperanza. Todo se humilla, todo huye delante de los cristianos: millares de musulmanes caen a sus golpes, y el arzobispo de Toledo, con los demás prelados, rodeando a los reyes vencedores, cantaron inmediatamente el Te Deum en el campo de batalla.
Jean-Pierre CLARIS, Compendio de la historia de los árabes, Imprenta de Aparicio, Valladolid, 1829.

Los castellanos dirigieron a esta altura sus primeros esfuerzos: rompieron al punto a los moros; pero ellos, acometidos sucesivamente, volvían hacia atrás desordenados y principiaban a retirarse. Alfonso, corriendo a todas partes para reunir las tropas, decía al arzobispo de Toledo: "Arzobispo, he aquí donde es preciso morir". "No, señor -respondió el prelado-, he aquí donde es preciso vivir y vencer." En este tiempo el valiente canónigo que llevaba la cruz se precipita con ella en medio de los musulmanes; el arzobispo y el rey le siguen y a ellos los castellanos, para salvar a su príncipe y a su estandarte. Los reyes de Aragón y Navarra, vencedores ya de sus costados, vienen a reunirse contra el collado. Los moros son atacados por todas partes, resisten, y los cristianos los oprimen. Los aragoneses, navarros y castellanos quieren obscurecerse unos a otros. El valiente rey de Navarra se abre paso, llega al recinto, pega y quebranta las cadenas de hierro con que el rey estaba rodeado. Huye entonces Mahomad. Sus soldados no vuelven a verle; pierden el ánimo y la esperanza. Todo se humilla, todo huye delante de los cristianos: millares de musulmanes caen a sus golpes, y el arzobispo de Toledo, con los demás prelados, rodeando a los reyes vencedores, cantaron inmediatamente el Te Deum en el campo de batalla.
Jean-Pierre CLARIS, Compendio de la historia de los árabes, Imprenta de Aparicio, Valladolid, 1829.
martes, 3 de abril de 2012
La narración del arzobispo de Toledo, pura propaganda

La narración de Jiménez de Rada es pura propaganda alrededor de la realidad. No se trata sólo de contar el pasado, sino de modelar con él el presente y el futuro: de preparar al pueblo llano para la siguiente cruzada. La historia de que escribe Jiménez de Rada sirve para que, en la siguiente batalla, la primera fila no tenga la tentación de no comportarse como es debido, de no ceder hasta morir o vencer, con la esperanza de que en el momento más crítico llegarán el rey y la cruz, y decidirán la batalla. Evidentemente, no siempre sucedía así. Ni la cruz obraba el milagro cada día ni los reyes de la época eran todos aguerridos guerreros dispuestos a jugarse el tipo con cargas suicidas en primera línea.
Arsenio ESCOLAR, Ignacio ESCOLAR, La nación inventada: una historia diferente de Castilla, Península, Barcelona, 2010.
Arsenio ESCOLAR, Ignacio ESCOLAR, La nación inventada: una historia diferente de Castilla, Península, Barcelona, 2010.
Muramos aquí todos

Contemplando la batalla y viendo que algunos del pueblo no se comportaban como era debido, oyéndolo todos, dijo al arzobispo de Toledo: “Muramos aquí todos, yo y vos”. Éste le respondió: “De ninguna manera; al contrario aquí venceréis a nuestros enemigos”. El rey lleno de ánimo dijo: “Corramos a socorrer a la primera línea que está en peligro”.
Entonces Gonzalo Rodríguez y sus hermanos avanzaron hasta esa primera línea mientras Fernando García, hombre valiente y experimentado en la guerra, procuró retrasar al rey para que acudiere con cierta moderación en auxilio de los suyos.
De nuevo exclamó el rey: “Muramos aquí, arzobispo. La muerte en estas circunstancias no es deshonrosa”. El arzobispo contestó: “Dios mediante, no la muerte sino la corona de la victoria nos espera; pero si Dios quisiese otra cosa, todos estamos preparados a morir con vos”.
Mientras esto sucedía, doy testimonio de ello delante de Dios, el noble rey no se demudó lo más mínimo, ni cambio el gesto, ni el tono de la voz; más bien permaneció firme y constante, como león impertérrito, en querer morir o vencer. Y no pudiendo sufrir por más tiempo el peligro en que se encontraba la primera línea, avanzó a paso apresurado con sus pendones, Dios mediante, hasta el palenque del califa.
La cruz del Señor, que se acostumbra a llevar delante del arzobispo de Toledo llevada por el canónigo toledano, don Domingo Pascual, atravesó de manera milagrosa las huestes musulmanas, y permaneció allí, como le plugo al Señor, sin sufrir ninguna herida su porteador, lejos de los suyos, hasta el fin de la batalla. En los pendones del rey se exhibía una imagen de la Bienaventurada Virgen María, que siempre había sido la defensora y protectora de la archidiócesis toledana y de toda España.
Rodrigo JIMÉNEZ DE RADA, Historia de los hechos de España, Alianza, Madrid, 1989.
lunes, 2 de abril de 2012
La carga de los tres reyes
Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad -seguro que el término les suena- contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa -también esto les suena, imagino- debilitada e indecisa.
Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas -tropas populares, para entendernos- y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes -Alfonso IX de León se quedó en casa-. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.
La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo -imagino que tendría otras cosas en la cabeza-, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros -porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros-; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.
¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.
Arturo PÉREZ REVERTE, La carga de los tres reyes.
XL Semanal, lunes 12 de julio de 2010.
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viernes, 3 de febrero de 2012
Últimas pasiones del caballero Almafiera

Con el ruido de las espadas toledanas y las cimitarras de fondo, los gritos de 'Santiago y cierra España', de un lado, y de 'Alá u Akbar', de otro, y con el escenario de la Batalla de las Navas de Tolosa, el escritor urgavonense Juan Eslava Galán encuentra en ella un hueco para el amor adúltero en el que sitúa su novela Últimas pasiones del caballero Almafiera.
El libro, editado por Planeta, es una memorable inmersión en la más genuina Edad Media, que nos presenta aquella atractiva época tal como fue, con el escenario de las tierras jiennenses y justo ahora que se cumple el 800 aniversario de la famosa batalla.

Juan Eslava Galán, en esta ocasión, ofrece una novela épica y de aventuras, magníficamente ambientada en la que la recreación de la barbarie deja también un amplio espacio al humor, garantizando así que el lector, además de disfrutar, se divierta con su lectura. Últimas pasiones del caballero Almafiera saldrá a la venta el próximo martes, 7 de febrero, con la presentación para la prensa del propio autor en el escenario de la célebre batalla, de la que se dice, fue el principio del fin del poderío musulmán en Europa, aunque también hay quien asegura que no fue para tanto y que, puestos a perder, los de la media luna más perdieron en Lepanto.
Diario Jaén, viernes 3 de fefrero de 2012.
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jueves, 15 de diciembre de 2011
Las Navas de Tolosa

Esta vez Alfonso VII no fue tan fogoso como en Alarcos, los años no pasan en balde, y evitó meter la pata. Al-Nasir intentó plantear el combate inmediatamente, antes de que los cristianos y sus caballos se repusieran de las fatigas de la caminata, pero no entraron al trapo por más destacamentos de caballería y arqueros que envió a hostigarlos. Los cruzados se tomaron dos días de descanso y sólo formaron en orden de batalla al clarear el lunes 16 de julio de 1212.
El ejército cristiano se dividió en tres cuerpos, con los castellanos en el centro; los aragoneses a su izquierda y los navarros a la derecha, reforzados por tropas concejiles castellanas. Cada cuerpo se dividía, a su vez, en tres líneas ordenadas en profundidad. La vanguardia del cuerpo central, que sería el eje de la lucha, estaba al mando del alférez real de Castilla, el veterano don Diego López de Haro. En la segunda línea se ordenaban los caballeros de las órdenes militares (Templarios, Hospitalarios, Uclés y Calatrava). Finalmente, en el cuerpo de reserva, que ocupaba la retaguardia, estaban los tres reyes, con Alfonso VIII en el centro, acompañado por los arzobispos de Toledo y Narbona, y otra media docena de prelados castellanos y aragoneses. A este Diego López de Haro que encabezaba las tropas de Castilla achacaban muchos la responsabilidad por la derrota de Alarcos, e incluso lo acusaban de cobarde.
Cuando formaban la línea de carga se le acercó un hijo que tenía, don Lope, y le advirtió: "Padre, portaos hoy de modo que no me llamen más hijo de traidor y que recuperéis la honra perdida en Alarcos". A lo que el viejo guerrero respondió: "Os llamarán hijo de puta, pero no hijo de traidor". Lo decía don Diego porque su esposa lo había abandonado por un herrero de Burgos. Entonces don Lope, conmovido, prometió a su padre: "Seréis guardado por mí como nunca lo fue padre de hijo, y en el nombre de Dios entremos en batalla cuando queráis."

Alfonso VIII había dispuesto que las tropas concejiles combatieran mezcladas con las mesnadas nobiliarias, las tropas reales, y los caballeros de las órdenes militares todos ellos guerreros profesionales. De este modo la calidad era más homogénea y la infantería y la caballería se apoyarían mutuamente.
Por su parte, el ejército almohade presentaba también tres cuerpos: en vanguardia un núcleo de tropas ligeras, a continuación los voluntarios, no sólo andalusíes, sino de todo el imperio, y finalmente, el cuerpo de reserva, en retaguardia, los almohades propiamente dichos que ocupaban la ladera de ese cerro de ahí delante, el cerro de los Olivares. En la cima estaba plantada la gran tienda roja de al-Nasir, el emblema de su poder, rodeada por un palenque.
Mientras el combate se desarrollaba , Al-Nasir, sentado sobre su escudo, a la puerta de la tienda roja, leía el Corán.

Los cristianos estaban mejor equipados de escudos, lorigas de mallas y yelmos. El armamento ofensivo abarcaba una amplia panoplia: lanza, espada, cuchillo, maza o hacha, alabarda, arco y honda. Por la parte almohade el armamento defensivo se limitaba prácticamente al escudo. Sus peones iban provistos de lanzas y espadas, azagayas, arcos y hondas. El predominio de las armas arrojadizas en el campo musulmán se refleja en las enormes reservas de flechas y venablos que los cristianos encontraron tras la batalla. El arzobispo de Narbona calcula que dos mil acémilas no bastarían para transportar tantas canastas de flechas.
Los almohades y los cristianos empleaban tácticas muy distintas. Los cristianos lo fiaban todo a una carga frontal de la caballería, en compacta formación, primero con las lanzas y después con las espadas. Por el contrario, los musulmanes oponían tropas ligeras que se dispersaban ágilmente en todas direcciones, hurtando el blanco a la acometida enemiga, para luego agruparse y, desplazándose rápidamente, envolver al enemigo y golpearlo en sus puntos vulnerables, la retaguardia y los flancos.

En Alarcos los almohades desorganizaron las tropas concejiles que formaban las alas del ejército castellano y embolsaron a la caballería impidiéndole desarrollar sus cargas. En las Navas, Alfonso VIII había aprendido la lección y evitó repetir el error de Alarcos: conservó su caballería en formación cerrada, para evitar la infiltración de la caballería ligera del moro y, sobre todo, mantuvo a su cuerpo más importante en la reserva para lanzarlo a la batalla cuando los moros intentaran cercar a su cuerpo principal. La oportuna intervención de esta reserva, ni demasiado pronto ni demasiado tarde, decidió el resultado de la batalla.
Juan ESLAVA GALÁN, El paraíso disputado. Ruta de los castillos y las batallas, Aguilar, Madrid, 2003.
viernes, 2 de diciembre de 2011
jueves, 1 de diciembre de 2011
Monumento a la Batalla de las Navas de Tolosa
En 1981, se inauguró un monumento conmemorativo de la batalla de las Navas de Tolosa en La Carolina, obra del escultor Antonio Gónzalez Orea. La obra representa al pastor Martín Alhaja indicando a los reyes Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra, al señor de Vizcaya y al arzobispo de Toledo el paso que podían tomar las tropas castellanas para atravesar la sierra.




viernes, 25 de noviembre de 2011
Ambrosio Huici desmitificó las Navas
Ambrosio Huici Miranda (Huarte, 1880-Valencia, 1973) tiene una calle que le recuerda en Valencia, donde también se bautizó con su nombre un instituto. En Navarra, donde nació, no hay calles, ni siquiera en su pueblo. Por no haber, casi no hay ni recuerdo de quien estudió la batalla de las Navas de Tolosa con tal rigor que la desmitificó: demostró que no hubo cadena alguna que Sancho el Fuerte arrebatara a Miramamolín y aseguró que la aportación del Reino a las tropas cristianas fue de sólo 200 caballeros. Aquellas tesis las presentó hace un siglo a un concurso de la Diputación. El jurado le halagó su erudición y hasta le llamó "sabio", pero a la hora de la verdad le rechazaron por negar mitos tan enraizados y extendidos.
Dice el historiador Roldán Jimeno que la figura de Huici ha sido "mal tratada y maltratada", del que se ha conocido poco. De lo hecho en Navarra Jimeno resalta el artículo de marzo de 2011 en el que Fernando Pérez Ollo, redactor jefe de Diario de Navarra fallecido en octubre, rescataba la historia de Ambrosio Huici, al que denominaba "víctima de las Navas". Ahora, la editorial Pamiela publica de nuevo aquel trabajo sobre la batalla de 1212 que Huici presentó al concurso hace un siglo. Se trata de una edición elaborada por Roldán Jimeno, que la ha acompañado por una biografía del arabista, una "vida apasionante" que le llevó por Beirut, Madrid, Valencia... y en la que pasó por el seminario, la cárcel y los círculos intelectuales.
Diario de Navarra, jueves 24 de noviembre de 2011.
Artículo completo
Dice el historiador Roldán Jimeno que la figura de Huici ha sido "mal tratada y maltratada", del que se ha conocido poco. De lo hecho en Navarra Jimeno resalta el artículo de marzo de 2011 en el que Fernando Pérez Ollo, redactor jefe de Diario de Navarra fallecido en octubre, rescataba la historia de Ambrosio Huici, al que denominaba "víctima de las Navas". Ahora, la editorial Pamiela publica de nuevo aquel trabajo sobre la batalla de 1212 que Huici presentó al concurso hace un siglo. Se trata de una edición elaborada por Roldán Jimeno, que la ha acompañado por una biografía del arabista, una "vida apasionante" que le llevó por Beirut, Madrid, Valencia... y en la que pasó por el seminario, la cárcel y los círculos intelectuales.
Diario de Navarra, jueves 24 de noviembre de 2011.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011
Municipios de Jaén y Ciudad Real impulsarán la ruta Navas de Tolosa
Una federación de ocho municipios de las provincias de Jaén y Ciudad Real impulsará la ruta de la batalla de las Navas de Tolosa. Para ello, han acordado agilizar los trámites administrativos que requiere la puesta en funcionamiento del proyecto.
Así se ha decidido en una nueva reunión mantenida entre representantes públicos de los consistorios que han aprobado constituir dos asociaciones, de modo que una englobará a las tres localidades andaluzas (La Carolina, Santa Elena y Vilches) y otra a las cinco poblaciones de Ciudad Real (Aldea del Rey, Viso del Marqués, Santa Cruz de Mudela, Almuradiel y Calzada de Calatrava).
Así se ha decidido en una nueva reunión mantenida entre representantes públicos de los consistorios que han aprobado constituir dos asociaciones, de modo que una englobará a las tres localidades andaluzas (La Carolina, Santa Elena y Vilches) y otra a las cinco poblaciones de Ciudad Real (Aldea del Rey, Viso del Marqués, Santa Cruz de Mudela, Almuradiel y Calzada de Calatrava).
ABC, lunes 7 de noviembre de 2011.
jueves, 27 de octubre de 2011
La batalla de las Navas de Tolosa

La Batalla de las Navas de Tolosa fue una contienda trascendental entre algunos reyes cristianos peninsulares y el califa almohade, que supuso el inicio de un cambio en la historia del Mediterráneo occidental. A través de la conmemoración del VIII centenario se pretende reflexionar sobre los encuentros y desencuentros entre las civilizaciones y pueblos por motivos religiosos, políticos, culturales o históricos, tanto en el pasado como en el momento actual.
www.castillosybatallas.com
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