H. G. Wells: “History is a race between education and catastrophe”.

miércoles, 6 de junio de 2012

2º CC.SS. - TEMA 11 - Visiones críticas de la Guerra de los Treinta Años

Les Grandes Misères de la Guerre





El dibujante francés Jacques Callot (1592-1635) publicó en 1633 una serie de grabados, Las grandes miserias de la guerra, coincidiendo con la invasión de su Lorena natal. Esta obra influyó en Goya.


Simplicius Simplicissimus




El escritor alemán Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen (1621-1676) publicó en 1668 El aventurero Simplicissimus. En su juventud, Grimmelshausen luchó en la guerra. Su libro, muy influido por las novelas picarescas castellanas, es muy crítico con la devastación causada por la guerra.

En este fragmento, un grupo de soldados llega a la aldea donde vive el protagonista:

Lo primero que hicieron los jinetes fue atar sus caballos. Luego, se dedicó cada uno a su tarea, que equivalía siempre a la ruina y perdición de algo. Mientras unos empezaron a degollar, freír y asar ganado, como si allí fuese a celebrarse un ocioso banquete, los otros invadieron la casa, registrándola de abajo arriba; ni siquiera el excusado quedó exento de su curiosidad. Otros hicieron grandes fardos con las ropas, vestidos y enseres domésticos de todas clases. Lo que no tenían intención de llevarse lo destruían inmediatamente. Clavaron sus sables en el heno, sacudieron las plumas de los edredones y llenaron las telas de carne curada, tocino y cosas semejantes. Destrozaron las ventanas, hicieron añicos los cubiertos de cobre y estaño, quemaron las camas, mesas y sillas, pese a tener leña de sobra en el patio, y finalmente rompieron también fuentes y platos, no sé porque preferían el asado o porque no tuvieran intención de efectuar más de un solo yantar en nuestra mesa. Se llevaron a nuestra doncella al establo y la trataron de manera tal que ya no pudo salir por su pie, un oprobio indigno de mención. Ataron entonces al criado y lo echaron a rodar por el suelo; después le metieron un embudo en la boca y le vaciaron en el cuerpo una tinaja llena de un repugnante líquido al que daban el nombre de bebida sueca. Un grupo de ellos le obligó a que los condujera hasta el lugar donde estaban escondidos los demás campesinos, junto con el ganado del pueblo.

Los aprehensores decidieron quitar los pedernales de sus pistolas y enroscar, en su lugar, los dedos de los campesinos, martirizando a los pobres bribones como si fueran brujas. Uno de ellos estaba ya en el horno, acorralado por el fuego, a pesar de lo cual no había confesado nada; a otro le ataron una cuerda alrededor de la frente y con una vara como torniquete apretaron hasta que la sangre empezó a brotarle por la boca, nariz y oídos. Cada uno disponía de métodos propios para afligir y atormentar a los desdichados campesinos. A mi corto entender de entonces, mi padre fue el que salió mejor parado, ya que pudo confesar con la risa en los labios aquello que los otros se vieron obligados a decir entre tormentos y dolorosos ayes. Este honor le fue concedido sin duda por ser el jefe de la casa. Lo sentaron junto al fuego, lo ataron, imposibilitándole todo movimiento de pies y manos, y untaron sus plantas con salmuera, que nuestra vieja cabra se puso a lamer con gran ímpetu, produciéndole un cosquilleo como para hacerle reventar de risa. Me pareció todo esto tan cómico y divertido que también yo me eché a reír, acompañándole de buena gana. Entre tanto jolgorio cumplió como los buenos y descubrió el lugar donde había enterrado su tesoro, más rico en oro, alhajas y perlas de lo que podría suponerse en un simple campesino como él. Del trato infligido a las mujeres cautivas, casadas o solteras, nada puedo contar porque los guerreros no me permitieron lo que hacían con ellas; sin embargo, recuerdo haber oído chillar a alguna que otra en los rincones. Entre todo este horror, yo, al lado del fuego, le daba vueltas al asado sin preocuparme de lo que ocurría, porque no comprendía nada de todo aquello.