H. G. Wells: “History is a race between education and catastrophe”.

lunes, 14 de enero de 2013

El lustrabotas



Para el lustrabotas, las horas que pasaba en el bar de La Biela eran felices. Le parecía que estaba en un club, donde todo el mundo lo conocía y lo estimaba. Muchos lo querían, como le probaron cuando la bomba que estalló en el bar destruyó sus pertenencias: los parroquianos hicieron una lista de contribuciones para comprarle un nuevo cajón de lustrar, pomadas y cepillos. Parece que el hombre, un alma simple, se hacía querer porque era bueno, y por cierta nobleza de sentimientos. Me dijeron que el año pasado había publicado un libro de poemas.

Cuando Moro, un mozo, entró a trabajar en el bar, todo cambió desagradablemente para el lustrabotas. Me aseguran que Moro era un excelente individuo; sin dudas era un bromista. El hecho de que el lustrabotas hubiera publicado un libro de poemas le parecía cómico. Mejor dicho, ridículo. Desde el primer día empezó a burlarse del lustrabotas; el calibre de las bromas aumentaba siempre: bordeaban en la agresión y en el desprecio. Por ejemplo, cuando pasaba a su lado le volcaba en la cabeza cáscaras de maní y carozos de aceitunas.

Los otros días llegó a La Biela el lustrabotas un poco achispado. Se despidió de mucha gente con estas palabras: 

—Tengo que hacer algo y después no podré volver. 

Al cajero le dijo que iba a matar a Moro. El cajero creyó que hablaba en broma. En ese momento se acercó Moro y cantó el pedido para la mesa nueve. El lustrabotas sacó un revólver y le dijo: 

—¡Te voy a matar!

Moro lo miró, riendo; cuando vio el arma, atinó a decir: 

—No me matés.

El lustrabotas le descerrajó un balazo en la cabeza; luego, sobre el cuerpo caído y muerto, vació el revólver. Y aprovechando el desconcierto general, el lustrabotas se fue. 

El cajero fue a buscar un juez de crimen, que es un viejo cliente, y que vive al lado. El juez estaba con un amigo: el doctor De Antonio, a quien había invitado a comer. Le pidió a De Antonio que lo esperara y acompañó al cajero a La Biela. En ese momento llegaba un patrullero de la 17. Alguien dijo que vio al lustrabotas tomar un colectivo, que iba al Once. Como el juez conocía al asesino, acompañó a los policías cuando salieron a buscarlo. Siguieron el trayecto de los colectivos de esa línea y fueron parando a los que alcanzaron, para inspeccionar el pasaje. Llegaron al Once sin encontrarlo. Cuando volvieron fueron a la 17. Estaban a una cuadra de la comisaría, cuando el juez vio al lustrabotas sentado en los escalones de un zaguán. 

—Es aquel —dijo. 

Uno de los policías levantó la Itaka, para balearlo desde el coche. El juez le ordenó que no tirara. Dijo que el hombre iba a entregarse. 

Efectivamente el hombre no opuso resistencia. Dijo que estaba ahí esperando que pasara algún vigilante amigo, como los muchachos que hacen guardia en La Biela y en los restaurantes frente a la Recoleta porque tenía miedo de entrar solo en la comisaría.

 Adolfo BIOY CASARES, Descanso de caminantes, Sudamericana, Buenos Aires, 2001.